
El reto consistía en habitar solo 55 m² de huella sin renunciar a la luz cenital ni a la privacidad, convirtiendo la restricción espacial en una oportunidad de diseño vertical.
El patio no es solo un vacío; es el motor térmico y lumínico que permite que la casa respire en una parcela tan estrecha y profunda.

Al colocar el jardín en el centro, la casa deja de mirar hacia la calle para mirarse a sí misma, creando un ecosistema propio protegido del ruido exterior.






La terraza del último piso funciona como un belvedere, proyectando la vida doméstica hacia el horizonte de Bagnolet y proporcionando un escape visual necesario en un entorno tan consolidado.
